Un infidelidad trajo a mi el VIH… (Pero el infiel fue él)

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Fue hace unos cinco años que inicié mi relación con Mauro, pero hace dos mi familia se enteró que eramos pareja, pues habíamos sido mejores amigos desde la infancia. Claramente, no planeamos enamorarnos, pues a mi me parecía un tontería romper toda la amistad por un amorío.

Una vez, mientras veíamos películas en mi casa nos besamos… y bueno, una cosa llevó a la otra. El sexo no estuvo mal, pero yo estaba tan arrepentida que no le hablé por unas semanas. Sin embargo, en ese tiempo me di cuenta que no podía vivir la vida sin compartirla con él. Le llamé y nos quedamos de ver en un café. Esa noche concluimos que podíamos intentarlo. “¿Qué más da? Ambos llevamos un año solteros”, nos dijimos.

Los primeros años fueron maravillosos, en verdad. Siempre digo que no hay cosa más linda que enamorarse de su mejor amigo, pues realmente podíamos ser las personas que realmente eramos. Sin embargo, como siempre, no todo fue color de rosa. Los problemas comenzaron a llegar y eventualmente rompíamos y regresábamos.  Todo era porque nuestros caracteres chocaban demasiado.  “Para él todo es negro y para mi, multicolor”, es lo que siempre repetía para calmar mi angustia.

Hice todo lo que pude para salvar mi relación, pues los miembros de mi familia son personas muy difíciles y sin embargo, ya empezaban a creer en nuestra relación. Incluso, hasta acudí a un psicólogo en mi trabaja para preguntar si yo era la del problema y cómo podía ayudar. Hice todo lo que me dijo.

Al poco tiempo me enteré de su infidelidad… y no cualquier infidelidad. Él había estado en un centro de prostitutas con sus amigos muchas veces y se encontraba casualmente con una tal “Becky” (supongo que no es su nombre real). Becky y Mauro mantenían una relación netamente sexual, él pagaba y ella le prestaba su cuerpo. De ésto me enteré cuando por un descuido dejó el ticket de parqueo del prostíbulo en el carro, rápidamente llamé a Manuel (mi hermano y su amigo) y él me contó toda la verdad.

Se me cortó la respiración. Esa noche teníamos planeado cenar sushi, y como quien no sabe nada, llegué y comimos. Al salir le dije que lo sabía todo y que me daba asco. Él no lo negó y solo pidió perdón. Me dijo que había sido “solo”  cinco veces (como si eso fuera poco).

Lo perdoné. Él prometió no volver a hacerlo jamás. Pero al poco tiempo, me ofrecieron una beca para una maestría en Francia, obviamente yo quería sanar mi corazón y huir. Acepté. Me hicieron las pruebas médicas de rutina. Y, ¿adivinen? VIH Positivo.

-Obviamente, eso… nunca lo perdoné. Ahora soy esclava de los retrovirales-

 

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