Ser psicólogo no significa que a veces no quiera morir

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En la Universidad nos enseñan a mantener el control en todos los aspectos de la vida, sin embargo no siempre es posible… Es más, casi nunca es posible.

Recuerdo que en mis prácticas universitarias visité cada día por varios meses una escuela ubicada en una de las zonas más asediada por pandillas, realmente me sorprendió mucho como niños inocentes, con sueños y proyecciones muy altas en su vida; podían caer en las garras de la depresión por ver como día a día sus vecinos e incluso familiares eran asesinados sin razón.

Esas cosas en el fondo te destruyen. Yo pensaba: “no es posible que este niño tenga que caminar cinco kilómetros, pudiendo caminar un par de cuadras, solo por que las pandillas no le dan el paso”. Sí, era un niño de 13 años, su nombre: Luis.

Y así pasé esos meses, escuchando historias muy duras. Y yo como profesional no podía opinar más allá de “lo siento”. En el fondo les quería decir que huyeran, que salieran de ahí, que había una vida maravillosa afuera. Sin embargo, me di cuenta que para ellos realmente era imposible, no había una sola persona que pusiera las manos al fuego por ellos. Hasta tener un dólar era un gran privilegio. Y repito, eso te destruye.

Al salir de las prácticas, la psicología cambió totalmente para mi. Me quise dedicar a algo más social, después de pasar una vida diciendo que quería estar en Recursos Humanos de alguna institución para ganar más dinero, mi visión cambió.

Ahora, en efecto, doy mis servicios a una Asociación que vela por los menores de edad. Sin duda, eso te ayuda. Ver la inocencia a flor de piel te hace diferente, sin embargo, por desgracia los mismos problemas están ahí. Pandillas, padres asesinados, huérfanos… Todo un hilo que parece no tener fin.

Me siento un cobarde, pareciera que mi misión es ayudar y reconfortar a esos niños y siento que lo hago. Sin embargo, hay momento donde tengo que pedir disculpas por tener que ir “al baño” con urgencias, y solo me quedo afuera del salón y rompo en llanto. No entiendo a este país, realmente es hermoso y desearía que todo fuera diferente.

Nuestros niños se merecen un mundo como el que nosotros tuvimos, donde podíamos ir al parque sin pensar que nos podía agarrar a la fuerza. Pues ahora me doy cuenta que mi querido país no tiene la mente sana, incluso hasta pensé en morir en algún momento. Sin embargo, mi profesión me obliga a mantener el control y a ser congruente con todos los consejos que doy a diario. ¿Se imaginan yo me hiciera daño? No habría ninguna esperanza para mis niños.

Pensé que ser psicólogo iba a ser solo decir “no te preocupes, todo estará bien”, pero no. No estará bien. Llegarán a su casa y no estará mamá o papá. No tendrán comida para cenar. Un pandillero les pedirá dinero para poder cruzar a su escuela… Simplemente no estará bien.

-Muchas veces es una profesión que te destruye-

 

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