“¿Por qué los salvadoreños nos hacemos tanto daño?”

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¿Te ha pasado que tanto en el tráfico, en las tiendas, con tus vecinos o incluso con tu familia, siempre encontrarás a personas que tienden a tratarte mal?, para muestra un botón:

Caminaba hace unos días con una buena amiga en una de las calles más “seguras” del país (como si a algún lugar se le pudiera llamar seguro), hablábamos de nuestro sobrepeso de una forma un poco exagerada, pues creo que no estamos tan “pasaditas” como creemos cuando nos reflejamos en los espejos (cosa que se vuelve algo típico en nosotras), sin embargo ese día nos rodeamos de gente cuya finalidad era matarnos la moral en todos los sentidos.

Mientras íbamos hacia nuestro destino (un café repleto de crema chantilly), le dije: “Ana, mejor comamos algo light. No sé, un sorbete sin azúcar al menos”.  Ella dijo que sí, como respuesta a la inminente culpabilidad de esos rollitos que adornaban nuestro abdomen.

Entramos a la sorbetería, pedimos y nos sentamos. No había pasado ni dos minutos cuando una señora y su hijo -con aspecto muy fino- entraron al establecimiento. Ella específicamente nos miró con “asco”, pues ambas usábamos ese día un outfit que muchos podrían catalogar como “masculino” gracias a nuestro trabajo -jeans y botas un tanto polvozas sabré agregar-, nosotras en ese entonces no eramos lo que podríamos llamar “mujeres con glamour” en ese momento. Pero yo solo volteé porque en realidad me importó poco.

Como si nada seguimos comiendo nuestro sorbete cuando el aparente hijo de la señora “fina” nos aventó su sorbete. No sé si realmente el niño tenía problemas psicológicos, pero con paciencia me paré y me limpié. No dije nada.

Ella, con su mirada desafiante solo me dijo: “Vaya, ya va a tener una razón para bañarse”. En ese momento pensé “podría decirle mil y un cosas a esta mujer o podría quedarme callada”. Ante eso solo respondí: “debería tener más cuidado con su hijo”.

Y sí… ella era salvadoreña como yo, estábamos en el mismo lugar y con las mismas posibilidades de comprar un sorbete. Pero ella decidió en su mente diminuta que yo era menos que ella y por ende no ser merecedora una disculpa un tanto más “formal” ante tal situación.

Después del incidente, Ana y yo terminamos el sorbete y nos fuimos; en ese momento llenas de rabia desmesurada tomamos nuestras mochilas y caminamos. Retornábamos hacia nuestro trabajo ya un poco más tranquilas decidiendo cambiar “un poco el chip”, tomando como broma lo que nos había pasado -“de verdad que no entiendo por que sos tan salada”- , me repetía Ana (resumiendo en esa frase mi mala suerte). Y yo solo me carcajeaba (puesi chis, ¿y qué me quedaba de otra?).

Al momento de cruzar la calle, recuerdo perfectamente que nos fijamos muy bien en el movimiento de los carros.Queríamos cruzar pero absolutamente nadie se tomo el deber de darnos paso. Estábamos en la cebra peatonal, el semáforo en rojo y a pesar de ello los carros seguían su destino. Esa, sin duda, podría ser la muestra latente que en nuestro país no existe ningún rasgo de cultura vial.

Cuando vimos una oportunidad Ana y yo avanzamos, sin embargo ella dio un mal paso y se tropezó. Rápidamente me detuve para ayudarla pero un carro ya estaba encima de nosotras, gritando sin respeto que nos moviéramos… en ese momento (a parte de enojarme) me sentí una “pendeja tonta”, puesi, como que si a uno se le antojase tropezarse en media calle sabiendo que podrías morir.

Al final Ana y yo llegamos a nuestro trabajo y no dijimos nada. Por la tarde al salir ella me preguntó: ¿por qué los salvadoreños nos hacemos tanto daño? Yo no supe qué responderle. Sin embargo, pensé que no tenemos suficiente educación de compañerismo, amor y humildad, sumado a que vivimos en una sociedad tan encerrada dentro de un circulo vicioso de daño (él me daña, tú me dañas, nosotros dañamos) que la respuesta más inmediata ante todo ese dolor es: lastimar.

 

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