Para toda la vida… ¿O hasta que el cáncer llegue?

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Creo que en esta vida uno no está preparada para nada… y menos para el cáncer. Recuerdo muy bien ese día, yo me planchaba mi cabello como era costumbre y una gota de sudor mojaba mi frente gracias al calor. Mi esposo, con quien había prometido estar la vida eterna seis meses atrás, me pitaba desde el carro para que me apresurara.

Apagué la plancha. Tomé mi cartera y me subí al carro. “Lo siento mi amor”, le dije, él solo sonrió y me dijo “tenés que levantarte más temprano para verte así de hermosa siempre”. Ese día íbamos camino al laboratorio, donde me harían exámenes clínicos de rutina, pues me habían aceptado en una maestría y tenía que mandar los resultados para estar seguros que estaba sana.

Después del pinchazo y el apretujon de mama, el día siguió normal. Por la tarde, llamé a Sergio (mi esposo), para decirle que pasara por los resultados. El laboratorio quedaba en la colonia Escalón y a él estaba más cerca de la zona. Cuando llegó me dijo “me dijeron que ese examen de mama lo tiene que ver una especialista”, cosa que confirmé porque ya me habían llamado antes y no lo creí. Decidí llamar a Georgina, una amiga de la infancia que con mucho esfuerzo se convirtió en una excelente doctora.

Ella me dijo que no le gustaba lo que le leí y que llegara a su clínica al siguiente día. Sergio con su amor excepcional me dijo que todo iba a estar bien, y entre tantos besos y cariños la noche terminó como tenía que terminar: desnudos entre las sábanas.

Con los ánimos encendidos, al siguiente día, fui donde Geo. Ella solo me dijo “¿Marti, te has sentido mal?, ¿te ha salido algún líquido de la mama? mmm ¿te duelen los pechos?” Yo contesté que no.

Pero todo estaba mal. Ella me sugirió ir donde la ginecóloga oncóloga lo más pronto. Recuerdo que no lo podía creer. Yo esperaba a Sergio sentada en una grada como una niña que lo perdió todo. Sergio y yo teníamos muchos planes. Queríamos hijos… queríamos viajar y si a los pocos meses de estar en la maestría todo salía bien, esa sería la excusa perfecta para vivir para siempre fuera país. Pero el cáncer quebró todo.

Iniciamos un proceso durísimo, luego de confirmar el cáncer. A mis 31 años me quitaron la mama izquierda, era muy joven para vivir algo así, sin embargo mi familia y mis amigos estuvieron junto a mi cada minuto. Pero el shock de despertar todas las mañanas sin algo que te hacía tan mujer, era increíble.

Las quimioterapias hicieron lo suyo y lograron que perdiera los ánimos de todo. Incluso, hablar más de 10 minutos con Sergio parecía un castigo. El dolor de garganta de tanto vomitar hacía que todo fuera peor. Entonces empezó todo… él se alejó.

No sé si yo tuve la culpa o él fue un cobarde. Pero un día cuando el cáncer ya no estaba en mi cuerpo, él solo me dijo: “Marti, no puedo más. Te acompañé en todo el proceso porque no quería ser egoísta, pero ya no soy feliz con vos. Si regresamos, seremos infelices”. En mi mente solo resonó el “en la salud y la enfermedad”, que dijo el sacerdote el día de nuestra boda. Yo me derrumbé, pero no le rogué quedarse. Pero tenía razón, yo ya no era la misma. Ahora era más fuerte.

Sé que me perdí, pero no fue mi intención. Maldito cáncer. Quebró todo.

-Siempre te amaré. Perdón, mi Sergio-

 

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